Mirar de frente nuestros miedos.
Eso sí es poderoso.
Darnos cuenta que aquello que nos paraliza, que nos incomoda o avergüenza – que son todas formas de miedo – es sólo una experiencia más…
Una experiencia más – a priori sin mayor importancia que otras, salvo por la oportunidad que nos regala.
La oportunidad de expandirnos en vez de seguir limitándonos.
De reconocer que somos mucho más de lo que nos contamos.
Y justamente ¨eso¨ que nos contamos nos marca las reglas del juego. Paradójicamente, nosotros mismos nos ponemos las condiciones.
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Damos ese primer paso, nos amigamos con la adrenalina, y la historia cambia.
Nuestra historia cambia.
Ese relato acerca de todo lo que no podemos, de todo lo que no debemos, de todo lo que no somos…pierde sentido.
Ahora es otro el juego.
Salís a la cancha. Te mostrás.
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Nadie te lo contó, pusiste el cuerpo.
Entendés que, sin importar lo que parezca suceder, estamos todos en la misma.
Absolutamente todos.
Y ahí es cuando dejas de percibirte separado del otro…cuando dejas de ver al otro como ¨otro¨.
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Volvés a mirar de frente y ahora lo único que ves es amor.