La fórmula mágica somos nosotros.
No es la técnica, ni el terapeuta, ni ninguna otra herramienta externa lo que nos transforma.
Es nuestra disposición.
Nuestra voluntad de seguir caminando, todavía un poco más, incluso cuando no sabemos hacia dónde estamos yendo.
Esa fuerza en la que elegimos sostenernos cuando otra parte nuestra nos dice que ya no podemos más.
Ese momento en que el cielo está tan cerrado que no se ve salida por ningún lado…y, sin embargo, algo en nosotros decide continuar.
Hasta que —casi sin darnos cuenta— un día algo se despeja.
No todo. Pero algo.
Y notamos que hay más espacio interno.
Que el cuerpo afloja.
Que el alma respira.
Y con el tiempo entendemos que lo que hacía falta no era hacer más…
Era tiempo.
Porque los procesos no siempre se aceleran con esfuerzo.
A veces necesitan que cada pieza encaje,
que cada parte se acomode en su engranaje.
No a la fuerza.
No porque lo queramos ya.
El tiempo se toma su tiempo.
Y lo sagrado no tiene apuro.
Mirarnos con reverencia.
Honrar nuestro proceso.
Darle espacio a esa Grandeza que yace detrás de la forma.